S
i por algo
se caracteriza el segundo día de las fiestas es el despertar que
tenemos esa mañana. Los quiquiriquís de los gallos dejan paso a
unas madrugadoras campanas que, a eso de las seis y media, más o
menos, despiertan al vecindario con su repiq
ue y anima a levantarse a aquellos
que todavía tienen ganas de ir a rezar el rosario por las calles
del pueblo. La verdad que cada vez son, somos, menos. En esta
ocasión nos dimos cita en la iglesia nueve personas que a medio
camino nos quedamos en siete para acabar siendo ocho cuando la
letanía a la Virgen la terminamos de recitar en el interior de
la iglesia después de haber recorrido el itinerario habitual del
Rosario de la Aurora.
A la salida
los
mayordomos
obsequiaron a los asistentes con la consabida copita de anís, un
cafetito y porciones de una deliciosa torta de la virgen hecha
por un obrador de Órgiva para la ocasión.
Rebujina,
calabaza... y a esperar hasta el mediodía que tendría lugar la
misa en honor de la Virgen del Rosario. Una celebración en la
que, a diferencia de años anteriores, la afluencia de feligreses
fue menor. Pero, como en el Rosario de la Aurora, poquitos pero
bien avenidos. A la entrada y a la salida fue el momento para
los salutes correspondientes con los viejos amigos que cada año
hacen su pequeña peregrinación hasta sus orígenes para mantener
viva en la descendencia la idiosincrasia alcazareña, algo que
algunos agradecemos sobremanera.
Rápidamente
la mayordomía en pleno, junto a ese adlátere que siempre se
presta a echar una mano, ya tenían preparados los primeros
aperitivos y la cerveza o refresco fresquitos para que aquellos
que no estábamos implicados en las batallas de dominós o rentoys
empezáramos a preparar el estómago para la prometedora paella de
caracoles que los cocineros ya comenzaban a enjaezar a la sombra
de la torre de la iglesia. Mientras tanto, aquellos, los del
dominó y el rentoy, en la puerta del bar se pelearían con la
blanca doble, el seis pito, la malilla y los envites, aunque
suponemos que a ellos tampoco les faltaría del refrescante
líquido elemento acompañado de sus correspondientes engañifas
culinarias.
De pronto
la
plaza comenzó a verse repleta de sombreros de paja, pañuelos
amarillos y tubos multicolores de
cerámica, lo cual indicaba que la idea de los mayordomos de
ofertar a módico precio tales objetos de recuerdo de estas
fiestas estaba funcionando a las mil maravillas. Sombreros
evitando el sol del mediodía, pañuelos para enjugar el sudor y
tubo hasta el borde de cerveza o sangría para que el sudor no
amainase. Este año, como novedad digna de ser resaltada, en los
alrededores de la barra se disfrutó de la refrescante ayuda de
los nebulizadores que enviaban desde las alturas una fin
a
lluvia que, en el fragor de la batalla con los condumios, tanto
se agradecían.
Llegada la
hora de la paella parece que empezaron a aparecer gente desde la
carretera, de la canal o desde la bajada de la fuente, de modo
que la animación fue en aumento mientras que el contenido de las
paelleras iba disminuyendo. Poco a poco, se estaba produciendo
el lógico trasvase a las barrigas de los comensal
es,
que de pie, junto a la barra, en los escalones de la puerta de
la iglesia, en los poyetes de la plaza, o acomodados por tribus
alrededor de confortables mesas, íbamos degustando el arroz tan
bien aderezado por los cocineros motrileños. Se repartieron
generosas tajadas de dulce sandia que fue el postre ideal para
la comida de confraternización con propios y extraños.
A la hora en
la que la mayoría descansábamos plácidamente, los mayordomos se
encargarían de que los más pequeños siguieran disfrutando con
las carreras de saco, la del huevo y, después, darían merendica
para que repusieran fuerzas de tan ímprobo desgaste.
Luciendo
nuevas galas, la mayoría de los habitantes del pueblo
acompañaron a los patronos en su
recorrido por las calles de la localidad y su prolongación hasta donde
antiguamente se encontraba la ermita de san Antón. El
acompañamiento musical corrió en esta ocasión a cargo de la
Agrupación musical Nuestro Padre Jesús Nazareno de Órgiva y, la
verdad, y aunque me cueste trabajo decirlo, no cabe duda que
salvo la interpretación del himno nacional a la salida y entrada
de las imágenes en el templo, el acompañamiento era más propio
de un paso de semana santa que de la procesión de unas fiestas
patronales, pero el repertorio es el repertorio, digo yo. A
veces se echan de menos las canciones de toda la vida
entonadas por los acompañantes con el característico asfixie
cuando se hacía mientras se subía del barrio bajo.
Como
anécdota señalar que este año, acorde con los calores que hemos
sufrido, el Niño ha paseado las calles de Alcázar sin su
camisita blanca de toda la vida. Desnudito, pareciera que se
estaba preparando para subir a la cruz.
ESPECTACULAR, es la palabra que más cuadra con el concurso de d
isfraces
de este año. Los pequeños por pequeños y los mayores por
originales, todos estaban fantásticos. En esta ocasión los
pequeños que se han disfrazado han sido los pequeños de verdad,
todos/as iban magníficos. Pena no poder hacer fotos
adecuadamente, pues no había espacio suficiente para
concursantes, familiares, jurados, observadores y fotógrafos.
Alguna vez habrá que tratar de organizar al personal, si ello
fuese posi
ble.
El concurso de mayores lo ganaron "El jardín botánico de
Alcázar", pero igualmente podrían haber sido los primeros, "Las
majorettes alcazareñas" o "Abuelos, abuelas y viceversa,
presentado por Juan y Medio". Especial mención merece el disfraz
que se autode
nominó
"Máscara" y que en su presentación nos hizo una semblanza de las
fiestas de las máscaras que se celebraban en Alcázar en tiempos
del carnaval. Entonces no se conocían los disfraces y las
"máscaras" iban de casa en casa y de cortijo en cortijo
ofreciendo su actuación para recibir a cambio un par de huevos,
un trozo de pan o un puñado de higos secos que guardaban en la
cesta que inevitablemente siempre formaba parte del vestuario de
toda máscara.
Dicen que
de madrugada, en uno de los descansos del grupo Aromas, los que
estaban aún por allí, tomaron chocolate y comieron churros hasta
que el cuerpo aguantó. Menos mal que para entonces algunos ya
estábamos en el país de los siete sueños, porque si no...
también hubiéramos mojado más de la cuenta.