Alcázar de Venus: "Entre la Nieve y la Mar"

 
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ANEJOS

BARGÍS.

MIGUELICHÍN <leer>

FREGENITE.

Fregenite en el diccionario de Pascual Madoz (1846-1850): <leer> 

El ejemplo de Fregenite <ver y leer>

De visita <ver y leer>

 Más sobre Fregenite en "SiO4: Memorias de Silicio" <<ver y leer>>

Lugares de Fregenite: <leer> 

OLÍAS.

Olías en el diccionario de Pascual Madoz (1846-1850): <leer> 

Olías a 5 Kilómetros <<ver y leer>>

Olías en la web "SiO4: Memorias de Silicio" <<ver y leer>>

Olías, bello y culto <<ver y leer>>

EL PUERTO

JUBILEY.

 

UN PASEO POR EL PUERTO <<Leer>>

HACE CASI DIEZ AÑOS<<Leer>>

     

OLÍAS.

Olías

Y llega uno por ejemplo a Olías, por una carretera asfaltada, estrecha y que se acaba justo donde empieza el pueblo, 4 casitas en medio de un lugar, con una montaña a la derecha (según el mapa y mi orientación el monte de ….). Y es en estos pueblos donde uno parece viajar en el tiempo, y aunque ve algún que otro coche por allí aparcado, ve a una amable señora con un sombrero de paja que lleva de la mano un borrico con un par de alforjas cargadas de estiércol de cordero que por supuesto te saluda amablemente y se dice internamente “otro torpedo que se ha perdido este mes por estas carreteras olvidadas de dios”. Y un poco más adelante otro par de viejecitas, también con su simpático sombrero de paja, hacen algo de mimbre sentadas a la puerta de su casa

Ante la torpe pregunta de “¿cuántas personas viven aquí?” (cuando perfectamente podría haberlas contado ; ) una cuarta señora me dice que son 4 mujeres, y me explica quién son cada una de ellas: que si su cuñada, que si su no sé quién… Al rato de las explicaciones, y como si fueran aparte, me dice “ah, y también viven 5 hombres…” También me cuenta que es un pueblo tranquilo, que se vive muy bien, sobre todo por el silencio, todo es naturaleza, pero que no ven a casi nadie, porque son pocas las criaturas que como yo paran por allí. Que tienen agua, luz, televisión, pero que ella ya está viejita y le fastidia bastante cuando tiene algún problema de salud y tiene que ir hasta el pueblo de al lado a buscarlo, y aunque supongo que irán en coche, por las explicaciones y los gestos parece como si fueran (o hubieran ido) a buscarlo alguna vez andando monte a través. Después me cuenta que tienen una nave llena de cabritos y que si quiero puedo ir a verla, no muy segura de que eso pueda interesarme lo más mínimo. Pero claro que me interesa, y después de dar una vueltecita por el pueblo y hacer unas cuantas fotos de casas de piedra, puertas de madera (sí, de madera de árbol ; ) y fachadas encaladas, me dirijo hacia la nave que me comentaba a ver que efectivamente, estaba llena de cabritos. Debía de ser una fábrica de cabritos porque los había de varios colores y tamaños, marrones, blancos, negros, con manchas… Lo que no vi por ningún lado es la máquina que los fabrica (haberla tiene que haberla ; ) ni tampoco la máquina que pela a los cabritos y los pone dentro de una bandeja blanca y la envuelve en papel transparente y los manda pal Alcampo.

En la puerta de la nave otras dos señoras de sombrero de paja me cuentan que ellas no son de allí, pero que viven en ciudades cercanas y vienen los fines de semana a olvidarse del mundanal ruido y echar una mano en las tareas del campo. Por ejemplo hoy estaban recogiendo el estiércol dejado por los cabritos, amontonándolo y cargándolo en las alforjas del borrico que había visto esta mañana. Se iban turnando con un señor tanto para recogerlo como para llevarlo a una era cercana en la que iban a sembrar habas, que al parecer es la época ahora. También me enteré por ellas, de mano de un refrán castellano, de cuando se siembran los ajos, porque al parecer dicen que “Cuántos más días pasan de enero, más ajos pierde el arriero”. Siempre es bueno saberlo.

Texto y fotos extraídos de la web "SiO4: Memorias de Silicio". Un más que interesante sitio. Si quieres visitarla pincha en este enlace:  <<IR A SiO4>>  

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UN PASEO POR EL PUERTO JUBILEY

A mitad  de camino de Torvizcón después de haber tomado el desvío hacia dicha localidad, Cádiar, Ugíjar, etc, procedente de Órgiva, poco antes de llegar al barranco de Alcázar, nos encontramos con una señal en la que se nos indica que el Puerto de Juviley -diferimos en la ortografía del topónimo- se encuentra a 1 Km de la A.348. El otro indicador, el de hierro oxidado con el que se anuncian todos los pueblos de La Alpujarra granadina, se le ha olvidado colocarlo a la Diputación o se le acabó el presupuesto. En cuanto nos adentramos en el desvío comprobamos que también se agotó el presupuesto para el asfaltado del acceso al núcleo de población -de igual modo que se les debió de agotar en el acceso a Bargís o en el enlace entre la A.348 y Alcázar, cerca de Torvizcón-. 

Pronto, en la confluencia de la rambla de Alcázar con el río Guadalfeo divisamos eLlegando al Puertontre álamos desnudos y algún eucalipto sediento las viviendas que conforman el Puerto Jubiley. Tras unas cuantas curvas de 180º nos acercamos por la margen izquierda de la rambla a una explanada donde se puede dejar aparcado el vehículo sin temor a que actúe la grúa municipal.

Nos encontramos con Victoria y su hermana, ambas oriundas del Puerto pero que en la actualidad residen en poblaciones cercanas. Amablemente se ofrecen a hacer de cicerones y con ellas cruzamos el puente de madera -sólo para peatones- que salva la rambla y une los dos núcleosCruzando el puente perfectamente diferenciados de la población, y subimos al barrio que vamos a llamar "Norte" donde nos encontramos con una escena que no vivíamos desde hace muchos lustros: la madre de nuestras cicerones limpia pescado -fresquísimos boquerones- mientras dos gatos robustos van dando fin de lo que los humanos no queremos para nuestro sustEl barrio "Norte"ento, ¡qué magnífica forma de reciclar! 

Nos cuentan que en la actualidad sólo son seis los vecinos permanentes del Puerto: un matrimonio de ingleses con sus dos vástagos, y un matrimonio mayor que han sido los dos únicos habitantes que no han dejado su lugar de origen por poblaciones próximas o lejanas. Los padres de nuestras cicerones son otros dos vecinos bastante habituales, aunque no permanentes. Los fines de semana suele multiplicarse por dos o tres el número de vecinos, pues son muchos los que, como Victoria y su hermana, no dejan que transcurra mucho tiempo entre una visita y otra. Tampoco es extraño encontrarse con algún que otro extranjero que ha llegado de las frías latitudes del norte a disfrutar del paisaje, el clima y la paz del Puerto y vive en régimen de alquiler en alguna de las viviendas rehabilitadas.

Recordamos la época, cuando niños, en la que se solía hacer una excursión desde AlcázAlcazareños de excursión en los años 50ar al finalizar el curso escolar acompañados por el sacerdote y los maestros. El arroz era la comida típica de los excursionistas que se veían obsequiados por los naturales con frutas y otros productos de los huertos. También se recuerda el paso obligado que era el lugar para vadear el Guadalfeo cuando los viajes a Órgiva u otras poblaciones eran más esporádicos y se hacían a pie o en caballerías.

Volvemos a cruzar la rambla y nos dirigimos al barrEl barrio "Sur"io de enfrente, al que llamaremos "SUR". En él se encuentra lo que antes fue la capilla-escuela y hoy es solamente capilla. En la entrada se recuerda con una placa de mármol al mentor de dicho edificio, el Sacerdote Jesuita Padre Ulpiano. Por fuera la blancura de sus paredes encaladas contrasta con el bronce de la campana de la espadaña, la veleta y la cruz que remaLa Capillatan dicha espadaña. Por dentro una limpieza inmaculada y un mobiliario totalmente renovado invitan a la recogimiento y hacen que el visitante se sienta cómodo entre las paredes de la pequeña capilla y la nave que ante sirvió de escuela y parroquia y que hoy sólo se utiliza con fines religiosos, fundamentalmente el día de las fiestas que se celebran el fin de semana de Pentecostés, este año el día 14 de mayo. Las imágenes, acordes con las dimensiones del templo, recogen las advocaciones de las que los vecinos son más devotos.

Tras recorrer parajes tan hermosos, agradecidos, nos despedimos de nuestras cicerones con la promesa de una segunda visita: quizás para las fiestas.

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